Cuento elegido por Jonás Villalba Cano
Cuento de terror : "La cola del diablo"
En el hospital las horas se sucedían muy lentamente, sobre todo el turno de noche, y las enfermeras tenían las costumbres de contarse historias entre ellas, de todo tipo: divertidas, dramáticas, de terror y de amor. Pero eran las historias de terror las que preferían las novatas.Una vez, una de las enfermeras más viejas, Mercedes, durante una noche contó lo siguiente:
"Hace mucho tiempo, en la década de los setenta, tuvimos como paciente a un anciano de unos ochenta años, el señor Moore, que llegó al hospital con un cuadro agudo de peritonitis. Lo operaron de urgencia y en esa misma operación descubrieron que sus tripas estaban carcomidas por el cáncer.
Los doctores cerraron la herida y luego lo pusieron en la sala del pabellón tres, donde generalmente van a pasar los pacientes que ya no tienen más remedios.
Nadie quería atender al señor Moore. Las drogas y el dolor lo había vuelto loco. Era muy agresivo y mordió en varias ocasiones a las enfermeras más distraídas. Lo ataron a la cama, pero aún asi trataba de morderlos si les acercaban demasiado. Sus dientes castañeaban en el aire y aún recuerdo ese ruido escalofriante que hacian al chocar entre si: " tic, tic, tic, tic".
Una noche escuche el timbre de unos de los pacientes y al ver el tablero me di cuenta que de la habitación de Moore. Como yo era el más nuevo generalmente me mandaban a mi, por lo que no tuve más remedio que ir a ver que pasaba. Pero cuando llegué a la habitación me encontré con una sorpresa. La cama de Moore estaba vacía, y había sangre en el centro de la sábanas. Mucha sangre. El paciente que compartía la habitación con él era quien había apretado el timbre, para alterarnos. Salí de la habitación para buscarlo, y de repente me sentí mal de la panza por un terror inexplicable, que me sacudió de pie a cabeza. Ustedes saben que el pabellón tres es un lugar de por si tétrico, la gente muere ahí todos los días, se escuchan lamentos, llantos, gemidos.
Los pasillos siempre están mal iluminados y huele muy mal, aunque uno termina por acostumbrarse. Miré hacia abajo y vi que un rastro de sangre se dirigía hacia los ascensores. Seguí el rastro con la mirada y al llegar al extremo del pasillo, donde hay una curva, vi que algo se arrastraba por el suelo. Parecía una serpiente, al principio pensé que era una serpiente, pero luego, con horror me di cuenta que se trataban de las tripas del señor Moore.
Se le había abierto la herida y arrastraban las tripas como una horrible cola de unos diez metros de longitud. Se tambaleaba en dirección a la puerta abierta del ascensor, con aquella asquerosidad siguiéndolo. Corrí hacia él y resbalé en la sangre del piso. Y creo que fue una fuerte, porque cuando el señor Moore se metió al ascensor se dio vuelta y me sonrió. Fue la sonrisa más maligna y demencial que vi en mi vida. Sus ojos estaban negros por el dolor o la locura. Apretó el botón de la planta baja, y la puerta del ascensor se cerraron. Y gran parte de sus tripas habia quedado afuera.
No necesito decirle lo que ocurrió cuando el ascensor bajo, tampoco quiero hacerlo, porque fue repugnante y estremecedor. Incluso los médicos más experimentados vomitaban al ver el interior del ascensor.
Pero el horror no termino allí. Al cabo de una semana de haber muerto el señor Moore, una enfermera dijo haber visto a un anciano caminando por el pasillo del pabellón tres, con las tripas siguiéndolo como un rabo. La enfermera renunció algunos días después, y el mito del fantasma del señor Moore quedó, aunque nadie volvió a verlo".
Apenas la enfermera Mercedes terminó de contar esto, una de las novatas señaló con cara de espanto hacia el pasillo. Allí, a través de la puerta entreabierta, podía verse un intestino largo y ensangrentado, que con lentitud de gusano se arrastraba sobre el suelo en dirección a los ascensores.
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